Número puesto en todos los álbumes de figuritas de su época, con la 11 tricolor. Moreno grandote. Serio, callado, fuerte, leal, derecho en sus actitudes, un cañón en su zurda cerrada. Una potencia explosiva. Cuando arrancaba no lo paraba nadie. No era un exquisito. Era rústico pero contundente. Tiraba de todos lados. A veces al talud, en otras la clavaba en un ángulo. Muchas veces y en partidos decisivos sus goles hicieron la diferencia. Por eso se explican sus dieciocho títulos oficiales, sus once goles en la selección, sus tres sudamericanos celestes y sus once goles clásicos, donde es el tercer goleador tricolor, detrás de Atilio García y Héctor Scarone, y delante de Aníbal Ciocca y Bibiano Zapirain, nada menos.

Por Jorge Pasculli
Querido y respetado por compañeros y rivales de las décadas de 1950 y 1960. Jugó diecisiete temporadas, trece de ellas en su Nacional querido, donde hizo 120 goles. Era muy correcto, pero guay que se armara lío y tuviera que salir en defensa de sus compañeros. El Pepe Sasía decía: “jugando el Chongo en la selección, era fácil ser guapo”. Tres hijos, tres nietas, una vida de trabajo y felicidad sencilla, forjada bien desde abajo, sin quejarse nunca. Un agradecido a la vida está cumpliendo 85 años este 24 de abril. Un once en todo.
De los hombres que uno quisiera como abuelo. Fuerte, luchador, cálido, sencillo, pudoroso con sus logros, agradecido por la vida que le tocó. La pandemia hizo que la charla fuese telefónica. Cuarenta minutos con un ser cálido y reconocido a la vida, a sus compañeros y hasta a rivales: “grandes jugadores y gente que me ayudó mucho, con quienes compartí una parte inolvidable de mi vida. Y por haber llegado hasta acá. Fíjese la cantidad de jugadores de aquella época que ya no están. Y más allá de alguna nana y de que hay que cuidarse con esto de la pandemia, estoy muy bien, ¿qué le puedo decir? Muy agradecido al señor Juan Melos [facilitador de la entrevista] y a los historiadores por los homenajes a los Campeones de 1959 en Guayaquil y a Nacional por haber designado con mi nombre una de las salas de entrenamiento de Los Céspedes. Fue muy emocionante reencontrarnos con aquellos muchachos, grandes jugadores y personas. Uno vivió el fútbol desde muy niño con mucha pasión. Jugábamos por la camiseta, era nuestra mayor felicidad. Y que después de tantos años se acuerden de uno es algo… que no esperaba. Pero es muy grato”.
Alcanzapelotas de los cracks
Las características de la charla nos obligan a tener a mano el fascículo 42 de la colección Estrellas Deportivas, que editaba El Diario, dedicado a él, escrito por Julio Decaux. Esa colección publicada en la década de 1970 reunió en casi 200 fascículos semanales a los principales futbolistas y deportistas de la historia de nuestro país. También nos servimos de diarios y revistas de la época y entrevistas más recientes realizadas por Sergio Gorzy y El Observador, con motivo de la celebración de los sesenta años de la conquista del Sudamericano de 1959 y el homenaje realizado por Nacional, denominando con el nombre de grandes cracks a diferentes espacios de Los Céspedes.
“Qué quiere que le diga… mi niñez fue como la de todos. Éramos felices con la pelota todo el día. Vivíamos en el conventillo Porcille que estaba entre La Paz, Acevedo Díaz y Goes, con mis padres, tres hermanas y dos hermanos. Fui a la escuela hasta tercero, ya que tuve que trabajar desde chico. Mi viejo era albañil y mi madre lavaba ropa. Hice varias cosas, pero estuve muchos años como mandadero de la Farmacia Suárez. Claro, a veces me retaban porque me quedaba jugando en los picados. Como todos los chiquilines del barrio. La verdad es que tuve una infancia muy feliz, ¿sabe? No habría abundancia, pero nunca nos faltó lo necesario. Fuimos muy unidos, muy luchadores. Y en el barrio lo mismo. Hasta muchísimos años después nos reencontrábamos en las fiestas a tocar el tamboril.
A los 10 años cumplí el primer gran sueño de mi vida: ser alcanzapelotas de los grandes cracks de aquella gloriosa época. Imagínese, yo alcanzándole la pelota a Aníbal Paz, Obdulio [Varela], Atilio [García], [Schubert] Gambetta, Julio Pérez, tantos. Esos grandes campeones tenían una enorme humildad. Te ayudaban. Imagínese… que te saludaran nomás.

En el entretiempo jugar entre nosotros en el Estadio era un sueño. Tratar de hacer lo que hacían ellos. Y años después poder jugar junto a ellos o enfrentándolos. ¿Qué más podía pedir? Nos juntábamos en la calle Miguelete, donde un señor llamado Guindado Pedemonte organizaba a los alcanzapelotas, tenía un comercio y nos conducía en su cachilo hasta el Estadio.
Ya, un poco más grande, me fui a probar a las inferiores de Nacional, mi cuadro de toda la vida. Éramos como 200 en la cancha de Propios y Marne. Ithurbide y el Cabezón Romero eran los técnicos. Tuve suerte y quedé. Eran tantos los deseos de jugar al fútbol que ni loco faltábamos a una práctica. Igual íbamos caminando si no había para el boleto. Nadie quería dejar el puesto porque había una fila atrás esperando”.
Escalada de títulos
Desde 1951 hasta 1963 jugó en Nacional. En primera debutó contra Rampla en 1954, para quedarse con la titularidad hasta 1962 inclusive. El año 1954 fue campeón sudamericano juvenil con la Selección. En 1955, 56 y 57 fue campeón uruguayo con Nacional, donde fue su capitán en el 61 y 62. En 1956 es campeón sudamericano de mayores en Montevideo. En el 58 ganaron la Copa Teresa Herrera con un gol suyo, en medio de una gira impresionante. En 1959 ganan en forma invicta el Sudamericano Extra de Guayaquil. En 1962 juega el Mundial de Chile. En 1964 y 65 defiende a Gimnasia y Esgrima de la Plata, donde ni bien llega rompe una larga racha clásica en contra y ganan con un gol suyo. En 1966 y 67 defiende a Wanderers y termina su carrera jugando algunos partidos en Defensor. En 1969 inicia su carrera como DT en Salus, logrando tres ascensos consecutivos que lo llevan de la Extra B a la Intermedia, y en 1977 el anhelado ascenso a la B. Entremedio dirigió a La Luz, luego como ayudante de Omar Borrás en Wanderers, juveniles de Nacional con Ricardo Faccio y Radamés Ventura. Colaboró con Raúl Bentancur y el profesor Esteban Gesto en la selección juvenil campeona de 1979-80. Volvió a Nacional, primero con Walter Cata Roque y luego con Héctor Pichón Núñez, logrando la Recopa y la Supercopa, últimos títulos internacionales del club. Trabajó desde los ocho años hasta que se jubiló. Hizo de todo. Tuvo comercios y luego fue chofer en el Ministerio de Trabajo.

«Yo no me achicaba por nada»
Siendo todavía juvenil tuvo una lesión fea en la pierna derecha, la “de palo”, la de apoyo, que dejó secuelas hasta hoy. Muchos cracks de esas épocas tuvieron que dejar el fútbol porque la medicina no encontraba soluciones. Pero a él nada le impidió seguir jugando.
“Yo no me achicaba por nada. Y es así, lamentablemente muchos grandes jugadores no pudieron seguir con su carrera. Hoy todo es distinto, por suerte. No dudé nunca en seguir adelante, como fuera. Y me las arreglé, costara lo que me costara. Lo sentía así y me mandaba. No se me pasaba otra cosa por la cabeza”.
No tenía un andar atlético y elegante. Incluso parecía que iba a perder el equilibrio cuando corría. Sus brazos extendidos lo ayudaban a mantener la defensa de la pelota. Llamaba la atención su forma de correr y jugar. Una murga de su época, burlándose de la moda masculina en cuanto a zapatos, decía: “Botín sin suela, pura parada… van a los tumbos como Escalada”.
“Y yo era el primero en reírme, qué quiere que le diga. Si estaban hechos con el metro. ¿O iba a ponerme en exquisito y hacerme el ofendido? La murga es el pueblo y yo también soy del pueblo. Y aprendí a vivir dentro de él y para él desde chico. ¡Cómo me iba a enojar con esos cuplés!”.
¿Era por eso que aunque un remate suyo fuera al talud, en la próxima jugada le volvía a prender al arco, sin importar lo que dijera la tribuna?
“Lo mío era eso: sacrificio, entrega, y patear fuerte. Jamás tuve vergüenza de lo que hice. Si la mandaba al talud o a la tribuna, mala suerte. A la vuelta volvía a insistir, con las mismas ganas, con la misma convicción. Más de una vez recibí la silbatina de la hinchada rival, a veces de medio estadio. Pero no me importaba nada. Al contrario, como que me daba más fuerza. ¿Cuál podía ser mi virtud, si no el sacrificio, la entrega total? ¿Sabe lo que se sentía cuando la hinchada de Nacional estallaba de alegría por un gol mío? Cómo no lo iba a seguir intentando si era lo que siempre había soñado”.
Los niños terribles
En 1955 llega Ondino Viera a Nacional, imponiendo el 4-2-4 y subiendo a varios delanteros juveniles que la rompían. Gana los campeonatos del 55, 56 y 57, goleando y llenando estadios. Héctor Pichón Núñez, Raúl Rata Núñez, Julio Acosta, Héctor Ciengramos Rodríguez y Guillermo Chongo Escalada, que era el rudimentario pero decisivo goleador.
“Fue una de las épocas más lindas que me tocó vivir en el fútbol. Aquella delantera marcó una época. De todos ellos habría muchísimo para destacar. Es injusto nombrar a uno y a otros no, pero Ciengramos Rodríguez era un jugador extraordinario. Tenía una habilidad asombrosa, no se la sacaba nadie. La ponía donde quería y además hacía muchos goles. Se hacía realmente fácil jugar con esos compañeros. Era un ataque demoledor. Tenía todo. Tenía gol, tenía buen fútbol, picardía y hambre de ganar. Existía un entendimiento absoluto. La gente acompañaba y eso multiplicaba las ganas de superarnos en cada partido. En esa etapa, en 1958, empatamos 0-0 con Real Madrid en un gran partido con el Estadio repleto y ganamos la Teresa Herrera, en medio de una gira que hizo historia”.

Tres goles con la cabeza sangrando
Tras el Mundial del 54, en el que Uruguay tuvo una gran actuación, llega la obtención del Sudamericano de Montevideo en 1956, con varios futbolistas renovando a muchas de las grandes figuras del 50. En ese plantel se “coló” a “lo Chongo”. “Yo no estaba citado para esa selección. Ellos estaban concentrados en Piriápolis. Hugo Bagnulo era el técnico.
Unos días antes del campeonato, Nacional jugó un amistoso contra un combinado de cuadros chicos. Ondino me puso de diez. Íbamos perdiendo 3-1 y en un choque con Matías González y Omar Ferreira me abrí la cabeza. Sangraba como loco. A mí no me gustaba salir. Seguí jugando e hice tres goles. Esa misma noche me citó Bagnulo y jugué el campeonato con la 10. Era fácil jugar al lado de [Javier] Patesko Ambrois y Óscar Míguez. Hacían lo que querían con la pelota. Te la dejaban donde querías. Habíamos ganado todos los partidos, salvo el de Brasil que empatamos 0-0. Argentina era el último rival. Tenían un cuadrazo. A nosotros con el empate nos alcanzaba, pero queríamos regalarle a la afición un triunfo. Fue un partidazo que ganamos con gol de Ambrois. Fue una emoción muy grande. De las mayores que viví”.
Jugábamos por la camiseta
“No me gusta hablar del fútbol de hoy porque no estoy en actividad. Me gusta respetar. Veo los partidos, aunque es otro fútbol. Ni mejor ni peor: distinto. Antes jugábamos muchos años en cada club. Uno se encariñaba. Jugábamos por la camiseta. Se ganaba algo de plata sí, aunque no como ahora. Jugábamos porque era nuestra pasión. Era todo más sencillo. Uno era feliz jugando al fútbol. En aquella época no había otras cosas, como ahora. Era fútbol todo el día. De niño soñábamos jugar en el equipo del que éramos hincha y en la selección. Era el máximo honor. ¿Pases al exterior? Pocos.
Era otra época en todo. Se vivía de otra manera. Todo era más lento. Y el fútbol era más lento. La preparación física, las canchas, aquellas pelotas de cuero imponentes… Mire, yo no era el único que le pegaba fuerte. Me acuerdo de Bahoffer, un zaguero de Central que llegaba de arco a arco. Se jugaba fuerte sí, pero sin mala intención. Nadie quería lastimar a nadie, pero se iba fuerte a la pelota. Y había grandes jugadores. Ya le nombré a Ambrois, Míguez, Ciengramos, Romero (de Danubio), había muchos. Todos ellos podrían jugar hoy perfectamente. Entrenados como los jugadores de ahora, no tendrían problema. Como también los grandes jugadores de hoy, Suárez, Cavani, Forlán y muchos muchachos podrían haber jugado antes y tener el mismo destaque.
Mire, capaz que ya es tiempo de ir terminando. Pero quiero agradecerle a usted y a la revista que se hayan acordado de mí. Yo nunca fui de dar muchas notas. No era por nada, pero más bien siempre preferí… jugar callado. Pero no por nada. Maneras de ser nomás. Pero es lindo que se acuerden”.


La batalla contra Brasil
En marzo de 1959 el Sudamericano se jugó en Buenos Aires. Allí fue Uruguay a defender su título de 1956 y a una revancha, ya que no había podido clasificar para el Mundial de 1958. Ante un local que tenía una delantera impresionante donde descollaban Angelillo, Sívori y Maschio, en un equipazo. Brasil venía de ser campeón del mundo hacía unos meses con todos los cracks: Gilmar, Djalma, Bellini, Pelé, Didí, Almir. No nos fue bien con los resultados. Pero el partido que más se recuerda fue el de Uruguay – Brasil, por la rivalidad que se generó desde el 50. En el primer tiempo el partido estuvo quince minutos parado por una gresca general en la que los brasileños eran enorme mayoría, porque participaron masajistas karatecas, como el famoso Mario Américo, funcionarios, fotógrafos y los propios jugadores. Los brasileños arremetieron en patota y los nuestros se defendieron como pudieron. Tan es así que a William Martínez lo tiró Didí con una patada voladora, lo agarró Mario Américo de atrás y con Pelé incluido le rompieron la cabeza y debió jugar vendado el resto del partido. Reanudado el encuentro, quince minutos después, gol uruguayo. Cuándo no: Escalada. Al borde del área grande, sobre la derecha, estira su pierna a la altura de la cabeza para interceptar un rebote y sin dejarla caer saca un zurdazo-bombazo que se clava en el otro ángulo de Gilmar que voló sin poder llegar. Dice hoy el Chongo: “La verdad que fue un golazo sí, pero pudo ir al talud también. Y esté seguro de que si hubiera ido al talud, yo seguía tirando. Como hice siempre. Era lo mío”.
El partido se calentó más aún. Brasil logra darlo vuelta y sobre el final coloca el 3-1. Como siempre pasa, la trifulca no se sabe bien por qué arrancó, pero enseguida que terminó el partido se armó una general peor que la anterior. Así lo revive José Pepe Sasía en el fascículo 7 de Estrellas Deportivas, escrita también por Julio Decaux:
“El lío lo empezó Almir, el centreforward de ellos. Cada vez que entraba ponía la suela. Hasta que el Cacho Silveira lo trajo a tierra. Me acuerdo que yo estaba allá adelante. Cerca estaba el Chongo Escalada. Le dije “no vayas Chongo, no vayas que se agranda”. Me decía que no, pero seguía caminando, hasta que de repente entró a correr. Ahí, te podés imaginar, no pensé más y entré a correr yo también. Ellos habían venido preparados. Tenían varios negros con vendas y todo. La mitad de los fotógrafos eran boxeadores. Ahora, nosotros, entre titulares y suplentes, teníamos un buen plantel. Me acuerdo que el Pichón Núñez se llevó a uno de los negros vendados, a piñazo limpio, desde el área a la mitad de la cancha. Robles, el juez chileno, nos reunió en la mitad de la cancha para proseguir el partido. Ahí –con el capitán Bellini– la juramos para después del partido”.
“Fue todo preparado”
Y así fue ni bien terminó. Se calmaba por acá y se volvía a armar por allá. Duró un largo rato y después siguió en los vestuarios. Este es el recuerdo de Escalada, veinte años después, según publicó Estrellas Deportivas:
“Aquello de Buenos Aires fue todo preparado. Ellos tenían una sicosis tremenda. Una bronca impresionante. Que se arrastraba del 50, por supuesto. Y trataron de llevarnos de prepo. Eso dentro de la cancha. Pero afuera estaban los ‘boxindangas’ con las manos vendadas, haciendo de masajistas y fotógrafos. Cuando se armó el lío final, ellos estaban preparados y eran muchos más que nosotros. Le puedo asegurar que recibí muchas piñas, aunque pegué unas cuantas. Porque, ¿usted sabe?, un lío en el fútbol se puede armar por distintas razones del momento. Pero el lío en Núñez estaba todo preparado, ganáramos o perdiéramos había piñas”.
Los dirigentes uruguayos decidieron enviar a Sasía de regreso a Uruguay y suspenderlo por un año, como si hubiera sido el único. Los jugadores decidieron que en ese caso se iban ellos también. Dice hoy Escalada: “Cómo no íbamos a defenderlo si era un gran compañero. Con el Pepe entrabas ganando en cualquier cancha”.
Gracias a la Asociación de Historiadores se pueden ver quince minutos de filmación de aquel partido en YouTube, con los goles y escenas de los incidentes. Es: Copa Sul americana, 1959, Brasil – Uruguai.
La revancha de Guayaquil
La suspensión a Sasía fue después levantada y varios muchachos que sufrieron aquella emboscada lograrían un año después el Sudamericano de Guayaquil en forma invicta. Además, la selección se formó sin los jugadores de Peñarol que había salido de gira, por lo que fueron los de Nacional y el resto de los equipos. El Pepe y el Chongo fueron decisivos en el juego y el goleo. Dice hoy Escalada: “Aquello fue grandioso. Un grupo de muchachos muy unidos, que crecía en las dificultades. Fuimos de punto y terminamos campeones e invictos, con un solo gol en contra. Qué íbamos a pensar nosotros que siempre éramos el último orejón del tarro… Había que ver dónde concentrábamos… Además, fuimos sin ningún apoyo ni confianza. La prensa no acompañó. Nos fuimos en silencio, calladitos. Eso nos agrandó más. El Nino Corazzo, que era el técnico, armó un grupo bien unido y metedor, con muy buenos futbolistas. Le ganamos a Ecuador 4-0, a Brasil también le ganamos, 5-0 a Argentina, el último campeón, y 1-1 con Paraguay, con gol a lo Pepe que empató el partido. A la vuelta estaba todo el mundo festejando, la prensa, en fin… Para nosotros fue una revancha de todo lo que pasó en Argentina”.
Boca los quiso llevar a los dos. Pagó una cifra récord a Defensor por Sasía, pero no hubo acuerdo económico con Nacional por el Chongo.

Rivales y hermanos
Después que me presento, que le cuento que con 5 años en el 58 empecé a ir al fútbol, que uno de los rivales más temidos y respetados era él, que le cuento de las figuritas y el álbum Donald Campeón de 1960 con los macaquitos de Disney saliendo con cada jugador, de mi agradecimiento y el de muchos por todo lo que le dieron al fútbol uruguayo, al de ayer y al de siempre, que lo suyo sigue siendo un ejemplo de vida que nos alimenta, me corta, como sacándola al óbol (“cortá con tanta dulzura…”), se sonríe cálidamente y lo primero que hace es preguntarme por Luis Maidana, el gran arquero de Peñarol de esas épocas.
“Sin despreciar a nadie, tengo un gran recuerdo de Maidana. ¿Sabe algo de él? Me dijeron que andaba por Piriápolis. En aquella época cada clásico era una final del mundo. Una semana antes y otra después no se hablaba más que del clásico. Eran a muerte, pero leales. Pasados los partidos volvíamos a retomar la amistad, pero en los 90 minutos cada uno entregaba lo mejor que tenía. Tocaba ganar y perder. Maidana fue un gran arquero, no es que lo diga yo, lo dice su trayectoria. Y cada vez que nos encontrábamos en la selección teníamos una linda amistad. Si lo llega a ver mándele mis saludos a Maidana”.
Luis Maidana es otro histórico de esos años. El 22 de febrero cumplió 87 años. Nacido en Pan de Azúcar se fue rápido a Piriápolis, donde volvió después de dejar el fútbol. Jugó catorce años en Peñarol, once en primera. En el 65 fue a Palmeiras, donde fue vicecampeón nacional y estadual, para culminar su carrera en un gran equipo cerrense. En Peñarol lo hizo debutar Juan López en 1954, ya que faltando 10 minutos Máspoli se desgarró contra Danubio. Ese fin de semana había jugado en Tercera el sábado y en la Reserva el mismo domingo. Se continuó así la dinastía de las M en Peñarol, que duró por casi 30 años: Máspoli, Maidana, Mazurkiewicz. Luis jugó el Mundial de 1962 y defendió la valla celeste en varios años. En Peñarol siempre se quedó con el puesto en ese largo período. Grandes arqueros pasaron por el Club. Cerca de quince según mi memoria, pero a Maidana no lo sacaba nadie. Fue, junto a Tito Gonçalves, los dos únicos jugadores que jugaron todo el primer quinquenio (1958 – 1962). Fue campeón de América en 1960 y 61, y campeón interclubes en 1961. El Dr. César L. Gallardo, un maestro del periodismo, lo bautizó el hombre – gato, por su extraordinaria agilidad, reflejos y arrojo.
“Le agradezco sus palabras y el llamado. Cómo no me voy a acordar de Escalada. Un gran jugador y una gran persona. Jugamos en paralelo todos esos años. Empezando por la tercera y después muchos años en primera los dos. Cada uno a muerte por su club, pero siempre en forma leal. Le pegaba con un fierro. Si iba al arco era bravo. Todavía recuerdo el estallar de las chapas de la publicidad cada vez que un remate suyo pegaba en ellas. Los clásicos se jugaban con todo. No se hablaba de otra cosa. Era por la camiseta. Ahí no se podía decepcionar. Por suerte tuve la posibilidad de jugar muchos y de ganar la mayoría, al cabo de esos años. Pero Escalada era un rival muy peligroso. Tiraba de todos lados y con poca preparación. Había que estar muy atento a sus movimientos. Después, nos encontrábamos en la selección y siempre fuimos buenos compañeros. Era un hombre muy correcto. Mándele mis recuerdos a Escalada. Le agradezco mucho que él haya tenido ese recuerdo hacia mi persona. El fútbol me ha dejado muchos amigos, muchas vivencias lindas, cómo no”, dice Maidana.



