Por Jorge Pasculli
La canción es de otra época, más inocente, romántica. Es que eran ídolos de verdad, porque había que ganar en el exterior…No había var, ni tele, y andá a llorar al cuartito. Te hacían de todo. Peñarol fue un coloso en la década del 60, ganando su primer quinquenio, copas Libertadores e Intercontinentales contra los mejores equipos del mundo. En esa década se forjó el Campeón del Siglo, determinado luego por la FIFA.
Yo empecé a ver y recordar fútbol desde el 58, con 5 años. Y me acuerdo de muchas cosas. De Hohberg, ya veterano, un noble gladiador. Del “Guiyan” Martinez, enorme, sacando todo de atrás. ¡El Pepe Sasía! Local en cualquier cancha. Habrá un capítulo especial para él. El Tito, gran capitán, dueño de la mitad de la cancha. Spencer, una gacela corriendo, un resorte con la puntería en la frente. Sigue siendo el goleador de la Copa Libertadores. Tuvimos a las 3M: Máspoli como DT, Maidana, un arquerazo de todo el primer quinquenio y luego –el mejor del mundo según Yashin- Mazurkiewcz, qué te parece. Peñarol en los 60 tenía un cuadrazo y hasta el último minuto uno esperaba la victoria imposible. De allí nació el “A lo Peñarol”. A todos ellos tuve la inmensa posibilidad de tratarlos de grande, primero como periodista y luego en mis años en el Club. ¿Se imaginan? Los miraba y no lo podía creer. No lo podía creer.
Nuestra segunda hija, Antonia, nació el 28 de setiembre de 1990. ¿Casualidad? Lo cierto es que ese año el Cr. Damiani me ofrece ir como gerente si recuperaba la Presidencia. Ganó Cataldi por 100 votos. Igual empezamos a preparar cosas. A fines de 1992 gana las elecciones y en enero arranco 7 años inolvidables en Peñarol.
Pero, ojo, desde chiquito también quería a todos los cuadros. Cada uno, con su historia, su camiseta, sus jugadores, sus hinchas. Inclusive a Nacional lo respetaba. Admiraba sus equipos y jugadores. Por supuesto les quería ganar, pero no era baboso ni envidioso. En mi familia había varios tricolores y en el barrio también y no me gustaba bardearlos cuando les ganábamos. Yo creo que por todo eso que sentí de chico pude ser periodista de grande. Incluso me tocó seguir campañas internacionales muy exitosas de Nacional como las del 80 y 88 y las pude disfrutar contándolo.

Todas esas hazañas que viví de chico eran condimentadas por relatores estupendos como Carlos Solé, Heber Pinto, y tantos más. Que no sólo te hacían imaginar cada jugada sino que te inundaban de emoción. Ahí nació mi afición por el fútbol, por las hazañas, por los relatos de radio, las crónicas de diario. Practicamente aprendí a leer, antes de ir a la escuela, preguntándole a mi viejo qué decían los diarios en la página deportiva. Incluso antes de los 5 ya dibujaba partidos con jugadas de arco a arco en las hojas A4 y con los colores traídos del Chuy. Tenía una facilidad impresionante para empezar a dibujar por cualquier parte del cuerpo. Y hacía como en los diarios, punteaba todo el desarrollo de la jugada hasta llegar a la concreción del gol. Lo que más me gustaba era dibujar las voladas de los arqueros. Mi viejo, que dibujaba muy bien, orgulloso volanteaba entre sus compañeros de la Caja de Jubilaciones mis 11 contra 11. Mi viejo era empleado público, mi madre cuidaba del hogar. Pero nos alcanzaba. A casa llegaban 3 diarios. Yo me los devoraba. Incluso durante enero que estábamos en Santa Teresa, el diariero los dejaba debajo de la puerta. Eran muy baratos y a la vuelta era un placer enorme repasar todo lo que había salido cada día.
Sin imaginarnos, de la mano de mi viejo, se estaban tejiendo en mí vocaciones y aficiones para toda la vida.
A LOS 7 FABRIQUE MI PROPIA PLAY
CON MULTIMEDIA INCLUÍDA.
Parece un poco mucho, no? Casero, artesanal, pero cierto. Era enfermo por el fútbol. Me leía y escuchaba todo. Teníamos una de aquellas radios viejas, cuadradas, de madera, A válvulas, enormes. Me escuchaba todos los partidos desde la reserva, que antes se trasmitían. Conocía a todos los jugadores de cada cuadro, de primera y reserva. Además las figuritas, otra pasión, me ayudaban a identificarlos y memorizarlos. Sobre ella hay otra nota que escribí en esta misma Túnel, cuando era revista, de mi hermano Pedro Cribari y que hoy continúa en la web otro vocacional del espíritu deportivo, Pablo Aguirre. “El álbum de figuritas”, linda nota, porque me salió del alma. Tanto que la tradujeron al italiano y la publicaron en un portal. Las figuritas…Bueno, a lo que inventé. Armaba partidos imaginarios con las figuritas. En el piso o sobre una mesa grande. Once contra once. Como con los botones, pero con figuritas y sin pelota. La pelota eran las propias figuritas. Un constructor, padre de un amigo, me fabricó los arcos con maderitas y gasas en lugar de las redes. De arquero había un dominó con la figurita correspondiente delante. La pelota era imaginaria. La trasladaban los mismos jugadores (figuritas), metían pases, fouls, driblings, goles. ¿Cómo? Mis dedos índices de cada mano, movían el juego, uno por equipo. Tinguiñazos como los que te daban en la oreja cuando te agarraban distraído y te cortaban la respiración. Acá eran golpecitos sutiles en la figurita, más fuertes, más suaves, con comba, jopeadas, amagues. Una vez por equipo. Yo iba relatando, por ejemplo: “lleva la pelota Sasía, le sale a marcar Emilio “Cococho” Alvarez…” Si Emilio montaba un poco su figurita sobre la de Pepe era que se la sacaba, sino seguía Sasía acercándose al área, o podía patear de lejos o pasársela a un compañero. Un movimiento por equipo. Si Cococho golpeaba con su figurita a la de Sasía, era foul. No había tarjetas en esa época, pero sí expulsiones según la violencia de las faltas. Había desarrollado una habilidad tal que parecían partidos reales, con emoción y suspenso hasta el final.









“CUALQUIER SIMILITUD…”
Yo los relataba y condimentaba a gusto. Los “futbolistas” tenían las mismas características que en la vida real. Estaba el goleador, el patadura, el corajudo, el batallador, el recio, el comilón…Así como eran en la realidad.
Además, llevaba cuadernos donde en cada hoja escribía los detalles de los partidos, las alineaciones, los goles, los puntajes individuales y hasta un pequeño comentario. Llevaba tabla de posiciones, goleadores, todo como en los diarios. Ojo, Peñarol era uno más. No ganaba siempre.
Enseguida se engancharon algunos amigos y armábamos flor de partidos. Yo jugaba a media máquina porque si no estaba robado. Había desarrollado una habilidad tan asombrosa que, hasta hoy, cuando le mostré a mis nietos no lo podían creer.


Donde también era bueno era en el futbolito de mesa. Ahí hacía sutilezas.
Eso sí, no me gustaba jugar a la arrimadita o al sapito, por figuritas. Lo hacía porque todos los demás estaban jugando a eso. Pero no me gustaba perder las mías (“mis” jugadores) y tampoco ganárselas a los demás, aunque a ellos no les importase.
En resumen, un loco importante, el pibe…
A propósito, me acordé de “el loco” Montaño, un centrofordward que en el 57 vino de Boca a Peñarol y se quedó hasta el 61, después fue a Danubio y jugó con Ghiggia, a su regreso de Italia. Jugaba bien, pero hacía calentar a un pueblo porque iba relatando el partido a medida que se jugaba. Con mucha picardía hacía entrar a los contrarios: “recibe la pelota Montaño, se la pasa por los caños a Brazzionis (que era un tanque que jugaba de back en Rampla), no lo pueden parar, se levanta el Estadio…” Dos por tres -enceguecido- algún rival lo revolcaba. En un clásico hizo entrar a Escalada, el moreno y recio puntero de Nacional que lo bajó de un piñazo. Se armó una generala en la que echaron a 3 de cada lado. Escalada y Montaño entre ellos por supuesto. Escalada se fue corriendo, levantando los brazos a la tribuna como si hubiera convertido un gol en la hora. Montaño se fue abriendo los brazos, como diciendo “no puede ser, qué falta de sentido del humor…” y sangrando por la nariz. El video está en Youtube. Esa tardecita también se armó piña en el clásico de figuritas…








