UNA NUEVA FRUSTRACIÓN MUNDIALISTA
Por Pedro Cribari
- Foto aérea: Santigo Codesido (publicada en Túnel 26, Ene/Feb 2019)
Las competencias internacionales, sean de selecciones o de clubes, tienen un margen de incertidumbre propio de un juego, pero no mienten. Exhiben el nivel del fútbol alcanzado por cada participante, nunca el deseo o voluntad de cada quien.
El fútbol es un juego, frase perogrullesca, no obstante necesaria de recordar en tiempos de excitación mediática y publicitaria. No se juega en razón de la manija mediática, del bombardeo publicitario, de las apelaciones a lo que un día cada selección fue, sino a lo que es y muestra ser en cada instancia competitiva.
Esto es válido para las selecciones que supieron conocer la gloria, como para aquellas que recién ingresan en el mundo de la alta competencia.
Así sucedió en las eliminatorias al Mundial de 1958 (la primera vez que Uruguay debió clasificar en una eliminatoria) con la humillante derrota ante Paraguay por 5 a 0, a solo ocho años del triunfo en Maracaná y a cuatro de la muy buena actuación en el Mundial de 1954 cuando Uruguay clasificó cuarto.
La frustración se repitió en varios mundiales posteriores en los que la selección uruguaya no pasaba del grupo o era eliminado en la instancia siguiente, 1962, 1966, 1974, 1986 y 2002, 2022. O peor aún, sin clasificar a los mundiales, como en 1982, 1994, 1998 y 2006.

En todos los casos reinó la ilusión fácil seguida de la decepción y búsqueda desenfrenada de culpables. La historia vuelve a repetirse, unos responsabilizando y demonizando al técnico, otros a los jugadores o algunos de ellos. El análisis, si se puede llamársele así, se nutre de críticas descalificadoras, llegando al extremo en el caso de Bielsa de cuestionarlo por su condición de extranjero, rara vez buscando las causas estructurales que puedan explicar el desenlace y sí enfatizando en lo episódico.
En Uruguay se padecen varios problemas que se soslayan para mantener viva la ilusión de que nuestro fútbol mantiene vigencia como candidato a grandes conquistas. Lo más preocupante es que algunos de ellos no forman parte del debate y/o análisis que abundan en los medios y redes.
Los fundamentos técnicos
El fútbol se globaliza y evoluciona. Más países lo practican como el deporte líder a diferencia de décadas atrás cuando las diferencias eran muy claras entre el grupo de los países desarrollados y menos desarrollados o de presencia incipiente. Fueron los tiempos de predominio uruguayo, italiano y alemán, más tarde el ciclo virtuoso brasileño, hasta llegar al presente de prevalencia de Argentina y Francia.
¿Solo la propagación mundial del fútbol puede explicar la pérdida de protagonismo del fútbol uruguayo? Una respuesta positiva a este interrogante sería buscar un atajo a un problema en que confluyen varios factores.
Una aproximación a la respuesta de ¿qué nos pasa? debe abordar una cuestión esencial al fútbol uruguayo y se relaciona con su identidad. Pasamos de la década dorada del siglo pasado, con tres títulos a nivel mundial (los dos primeros en los Juegos olímpicos) en que el futbolista uruguayo sobresalía por su técnica, comprensión del juego y determinación para alcanzar el mejor resultado a este insatisfactorio presente de desconcierto y deriva.
En materia de la técnica se manifiesta de modo visible por ejemplo el insuficiente control del esférico, la ausencia de dribleadores o la notoria imprecisión en el pase que pueda quebrar la resistencia de la defensa rival, por citar tres cualidades imprescindibles de todo futbolista.
Esos fundamentos técnicos se trabajan y moldean más allá de las condiciones innatas de cada futbolista. Varias décadas atrás los niños jugaban en los parques, baldíos y calles y si bien siempre ganar era la consigna, esa búsqueda de la victoria iba de la mano de la destreza y el talento, no solo de las ganas y la voluntad. Desde hace muchos años el gran desarrollo del fútbol infantil, donde se asientan las raíces, en el mejor de los casos es un híbrido entre ganar y jugar bien, más bien cada vez más inciden las expectativas y ambiciones económicas del entorno del niño.
En la formación de los futuros futbolistas se pasó del fútbol-juego al fútbol-negocio, privilegiando el resultado al dominio de los fundamentos, la tensión de la imprescindible victoria a jugar para aprender y divertirse.
Los resultados a la vista, lejos de achicarse la distancia con relación a las selecciones de mejor juego (Francia, España, Argentina, por citar algunas de las más destacadas), se profundizan y consolidan sin que se produzca una reacción y análisis acerca de las causas de este fenómeno y su posible corrección.
Es una responsabilidad de todos los actores, dirigentes, técnicos, jugadores, aficionados. También a los comunicadores que presionados por el rating a veces les resulta más fácil y rentable la burda cacería de culpables en sus dañinos shows mediáticos de vacío conceptual.
El fútbol es un juego, y exige para quienes lo practican, comprensión de sus reglas, de analizar las vulnerabilidades y fortalezas del rival, por dónde y cómo atacar, el inteligente manejo de los espacios (Messi, Mbappé, Oyarzábal, Hakimi y otros), de las pelotas quietas, etc.
Volver a las raíces, a cómo se jugaba en los tiempos en que el fútbol uruguayo era admirado, sí por su garra, pero también por su pulida técnica y juego avasallante, parece ser una necesidad imperiosa, no para repetir las formas, sino el núcleo, el alma del juego, donde la técnica y la inteligencia debe sobresalir por encima de toda otra cualidad.
Menos ruido, más nueces.






