Pablo Forlán: Historias del Peñarol de los 60.

El jugador que le ganó a la tribuna

Salió campeón de todo con Peñarol, pero le costó comprarse a la hinchada. Vistió la tricolor por bronca a la dirigencia aurinegra que le prometió su regreso y nunca cumplió. Estuvo vendido al Real Madrid, pero ni él sabe por qué no fue. Forlán dice ser de pocas palabras, pero tampoco se calla.

Ese tobillo derecho que le dificulta el andar evidencia el trajín de veinte años de carrera, catorce títulos ganados –ningún cuadrangular, aclara– y tres mundiales en su haber. El metro ochenta y cuatro de altura se sigue imponiendo en una fisonomía conservada gracias al tenis, que practica desde que colgó los botines en 1984.

Siempre tuvo habilidad para los deportes. “Pasa por la motricidad fina de cada persona; puede ser muy buena, buena o regular”, explica. Si la modestia lo hubiera dejado, seguro decía que la suya estaba entre las mejores. Por algo en su Mercedes natal lo buscaban para el vóleibol, básquetbol y hasta la paleta. “A decir verdad, era bueno en todo”, se sincera finalmente. Pero el fútbol le tiraba más que el resto. De ahí que era capaz de cruzarse la ciudad en bicicleta para entrenar en el Club Bristol, donde su padre era técnico.

La ambición de pelear campeonatos, que más tarde se convertiría en hábito, despertó en el campito. El cuadro barrial que conformaba con los compañeros del colegio Don Bosco se aburrió de alzar trofeos. Y ahí ya se endulzó, y agrandó. Al punto de arribar en 1970 al San Pablo, que venía de trece años sin títulos, y asegurarle a su presidente que ese año darían la vuelta. “Venía mal acostumbrado”, admite el Boniato, o Cacho para los mercedarios.

Presumir que eligió la defensa casi desde la cuna sería desacertado. Tenía vocación de delantero, le gustaba atacar; como mucho iba al mediocampo. De hecho, en ese puesto lo probó Peñarol, el cuadro de sus amores, en julio del 63. A decir verdad, no le importó demasiado dejar el trabajo de tornero mecánico en Talleres Bruno; como si hubiera anticipado su debut junto a Alberto Spencer, Julio César Abadie, Luis Maidana y José Sasía.

En octubre del 64, el DT Roque Máspoli lo mandó al banco como suplente de Néstor Tito Goncalves. Pero terminó como lateral izquierdo en lugar de Cacho Caetano que cumplía una fecha de suspensión, y al partido siguiente pasó a la derecha por el lesionado Edgardo González. Y allí se quedó.

¿Cómo recibió ese equipo de grandes estrellas a un juvenil de 19 años?

Cuando llegaba un pibe joven o un extranjero lo recibían bien. Siempre había alguno que miraba con mala cara o con indiferencia. Me pasó a mí en aquel momento y sigue pasando hoy en todos los cuadros.

¿Se acuerda de quién lo miró feo?

Sí, pero esas son cosas que quedan para uno.

¿Ser una persona introvertida le restaba dentro de la cancha?

Es verdad, no era de mucha charla, aunque los años te llevan a hablar un poco más. Sin embargo, dentro de la cancha tenía mi temperamento, que se fue acrecentando con la experiencia. Los que son tus mayores se empiezan a retirar y vas tomando la posta. Además, el propio calor de la lucha, de saber que hay un contrario que te quiere ganar, te va llevando a sacar lo tuyo. Afuera sí podía ser introvertido, pero como jugador no tenía timidez ninguna. 

¿Qué le aportó a ese consagrado cuadro aurinegro?

Le aporté algo que salió naturalmente con la ayuda del técnico: la dupla con Abadie, que le daba una llegada muy buena al equipo por el lado derecho. En lo personal, desbordaba muchas veces por el costado y tiraba el centro. Había gente que se quejaba de que tirábamos muchos centros, y yo contestaba ¿qué querés que hagamos si de esa manera nos cansamos de ganar?

La identidad del fútbol uruguayo está muy ligada a la garra, y se la suele contraponer con la habilidad. ¿Usted le daba más garra que habilidad al equipo o al revés?

Fui un jugador técnico que se proyectaba al ataque. No era de mucha marca pero le pegaba bien a la pelota, tenía buen pase corto y largo, y un ida y vuelta muy bueno. Se dice que con Abadie inventamos la figura del carrilero por derecha.

¿Entonces era hábil?

No sé si hábil, porque habilidad tiene el que hace un caño, una moña o una pisada. Yo era técnico, ponía la pelota donde quería.

¿Qué jugador de la actualidad sería?

Dani Alves, del Barcelona. Atacaba tanto como él.

Pero dijo que no tenía mucha marca, ¿eso le complicó la vida con la hinchada?, ¿cómo se llevaba?

Al principio más o menos: entré en un puesto en el que no jugaba, era el más joven junto con [Ladislao] Mazurkiewicz. Por eso y porque a veces los punteros nos tenían a mal traer, ya que no era un gran marcador, cuando teníamos problemas por la derecha se la agarraban conmigo. Después de un año los vencí.

¿Qué se le cruzaba por la cabeza en ese momento?

Nunca le di importancia al afuera, de lo contrario no podría haber seguido jugando. Te silban, te gritan, y se escucha. Pero me daba más fuerza para seguir. Esa es una parte de la garra. La gente cree que sólo es trancar fuerte, pero también es pedir la pelota, driblar y si no te salen bien las cosas seguir, seguir y seguir hasta vencer. Eso también es garra.

¿Sentía bronca?

Me daba bronca, pero creía en lo mío, entonces no me importaba.

¿Cómo se iba a casa después de los silbidos?

Como nos iba bien y ganábamos casi siempre nos íbamos a casa tranquilos.

¿En Brasil le pasó?

Allá me recibieron muy bien, y eso que el hincha es bravo también. Cuando andás mal, en todos lados pasa lo mismo. No es fácil.

LA REVANCHA

Dicen que a todos les llega. A Forlán le tocó en la Copa Libertadores del 66, el 20 de mayo, en el desempate con River Plate. Fue el mejor partido de su carrera, admite, y el que más recuerda. De arriesgar, tal vez muchos hubieran apuntado a la final de la Intercontinental que Peñarol le ganó al Real Madrid por dos goles en ambos encuentros. Sin embargo, admite que no hubo juego que igualara la hazaña conseguida frente a las gallinas –de ahí nació precisamente este apodo–.

Remontar un dos a cero después de haberse agarrado a las piñas con la hinchada contraria, ido al estadio en taxi porque nunca les mandaron la “bañadera” y soportado las sobradas del arquero Amadeo Carrizo cuando paraba los tiros al arco con el pecho convirtió esa partida en una proeza carbonera, y a sus protagonistas en héroes.

¿Cómo fue pasar al San Pablo después de siete años en Peñarol?

Fue bueno, porque el fútbol que yo practicaba, de toque y pase corto, al brasilero le sale por naturaleza. Desde atrás comienzan jugando bien a la pelota, entonces en vez de perjudicarme me ayudó.

¿Ya había cumplido un ciclo con la aurinegra?

No. Salió el pase, era joven y no lo dudé.

¿Tuvo la oportunidad de jugar contra Pelé?

Sí, con Peñarol y San Pablo. El negro era un jugador espectacular, pero difícil, de temperamento. No lo corrías pegándole ni trancándolo fuerte, iba al frente. Técnicamente era completo: driblada, le pegaba bien con las dos piernas y, sin ser muy alto, se elevaba de una manera impresionante para cabecear. Un jugador fuera de serie. Como delantero, lo más grande que he visto.

¿Quién sería el Pelé de hoy?

[Lionel] Messi. Pero la Fifa no entiende. Como los dirigentes no jugaron al fútbol o no salieron del campito, no se dan cuenta de que el premio no puede ser uno, tienen que ser cuatro, por línea: golero, zaguero, volante y delantero.

¿Quiénes serían los tres que restan entonces?        

En la mitad de la cancha Xavi Hernández, como zaguero [Diego] Godín y de golero [Gianluigi] Buffon.

Jugó seis años en San Pablo como ídolo, luego uno en Cruzeiro, ¿por qué volvió de Brasil?

Podría haber terminado mi carrera en San Pablo, el presidente no me quería dejar venir. Pero yo deseaba que mis hijos crecieran en Uruguay. Les pasó a muchos muchachos que regresaron con sus hijos crecidos y les costó la readaptación. Por eso los traje de chicos.

¿Priorizó su familia?

Sí, tomé esa decisión y perdí mucho dinero.

¿Y todo eso para jugar en Nacional? 

En Peñarol me prometieron contratarme de nuevo, pero pasaban los días y Luis Cubilla, que fue campeón con los dos equipos aunque peñarolense de toda la vida, me dijo: “Mirá que a mí me pasó lo mismo cuando estaba en River de Argentina. No te van a llamar, venite a Nacional”. Le volví a decir que tenía prometida la vuelta, que en todo caso me esperara. Cuando faltaba un día para cerrar el libro de pases me recordó que esperaría hasta el último minuto. No me llamaron de Peñarol y fui a Nacional de calentura.

¿Cuánto tiempo jugó?

Dos meses: cuando se fue Luis yo también lo hice.

¿Qué pesa más en ese caso: lo profesional o la pasión?

Como profesional te ponés la camiseta del cuadro que te contrata y cuando entrás a la cancha te olvidás de todo. Cuando se dice que tal partido está arreglado es todo mentira; el jugador que entra a la cancha quiere ganar. Ni perder ni empatar: quiere ganar.

¿Jugó el clásico vistiendo la tricolor?

No recuerdo… [piensa]. Creo que sí. Nunca dejé de decir que soy de Peñarol y que moriré siendo aurinegro. Eso no me lo quita nadie.

¿La gente entiende eso?

Alguna sí y otra no.

Si lo llamaran hoy, ¿jugaría en Nacional?

No, no, no. Me convenció Cubilla y además estaba muy enojado. Son cosas que no te hacen pensar. Capaz que la edad influyó un poco también. Hoy no lo hubiera hecho, ni diez ni veinte años atrás. Fue por impulso, por calentura y porque el negro me pinchaba.

EL GRAN PASE

Siempre pone el mismo ejemplo, le parece el más gráfico. “A Spencer, implacable delantero ecuatoriano, lo vinieron a buscar dos veces del Milan. Y no se quiso ir. Estuvo diez años en Peñarol –del 60 al 70– y convirtió 54 goles sólo en Libertadores. Dudo que alguno pueda igualar su marca. Hoy juegan dos copas y se van a Europa”, suelta. De ahí que en otras épocas el debut en un equipo podía retrasarse más de la cuenta. Él tuvo suerte, pero otros debieron sobrellevar la espera.

¿Mayor sentido de pertenencia? Es posible. ¿Menor predilección por el viejo continente? Quizás. Lo cierto es que los jugadores no tocaban y se iban así, tan presurosos como en estos tiempos. Eso permitía a los clubes locales contar con un plantel estable y trazarse objetivos a largo plazo; contrario a lo que sucede por estos días, cuando la regularidad es prácticamente una utopía.

¿Tuvo chance de jugar en Europa?

Estuve vendido al Real Madrid, en el año 67. Estábamos jugando la copa Carranza [Trofeo Ramón de Carranza], en Cádiz, y un día Washington Cataldi me dijo que a la tarde fuera al lobby del hotel porque íbamos a conocer a Santiago Bernabeu. Estuvimos charlando y me dijo: “Cuando termines la gira y vuelvas a Montevideo, enseguida vas a tener que regresar a España porque serás jugador del Real Madrid”. Hasta el día de hoy no supe por qué no fui.

¿Cómo?

No supe más nada. Estaba cómodo en Peñarol, lo mismo que le pasó a Spencer.

¿Quiere decir que no quiso ir al Madrid?

Yo quería ir, pero nunca me enteré por qué no fui y tampoco le pregunté

a Cataldi qué había pasado. Increíble: hoy hubiera estado atrás del asunto. En el 68 fuimos a jugar una copa de verano a Mar del Plata y con [Pedro] Rocha nos reunimos en la sede de River con el presidente y el contratista, y también estuvimos cerca del pase. Hasta firmamos un contrato y todo. Y tampoco fuimos, ninguno de los dos; después casualmente terminamos ambos en San Pablo. No era el furor. No estaba esa fiebre de querer jugar un poquito e irse. El futbolista de equipo chico quería andar bien para ir a Peñarol y Nacional.

¿Y se ganaba tanto dinero como ahora a determinado nivel?

Los ex jugadores siempre dicen “si yo hubiera ganado lo que ganan ahora”. Y los anteriores a ellos también decían lo mismo. Siempre se ganó bien.

¿Qué diferencias encuentra entre el fútbol de ayer y hoy?

En aquella época había que ingeniárselas más para jugar, al menos en América, porque los campos no eran del todo buenos. Hoy son mesas de billar las canchas del mundo, hasta en Uruguay se ha mejorado bastante. Por eso se juega muy rápido y a dos toques: paro y paso. Y se ha perdido un poco la pisada, la jopeada, el caño. Ver un buen caño es dificilísimo.

¿Y lo físico?

Ha mejorado mucho. Igual el jugador de antes podría hacerlo hoy, porque se adaptaría. Es verdad que en aquella época había jugadores a los que les gustaba comer, tomar y fumar, pero ahora también los hay.

Conociendo este universo, ¿qué intentó transmitirles a sus hijos Pablo y Diego?

Hacer lo mejor posible dentro del campo, pero sobre todo afuera. La parte más importante es la que muchas veces el jugador de cualquier deporte profesional erra: los cuidados personales. En las comidas, en los excesos, en el sueño. Las noches se hicieron para dormir, no es lo mismo de las 22 a las 8 horas que de las 6 a las 14. Eso lleva a tener una carrera prolongada.

¿Muchas tentaciones?

Tal vez hoy más que antes, aunque en mi época también había. Ahora se habla de las botineras, pero las mujeres en el fútbol existieron toda la vida. No había programas de chimentos y esas cosas, pero estaban; sólo que hoy se muestra más que antes.

EL RETIRO

De Nacional a Sudamérica, y por último Defensor. En la viola jugó cinco años –del 79 al 84–, casi tantos como en Peñarol. Llevó la cinta de capitán, salió dos veces campeón; “tenía más experiencia, más edad, estaba cascoteado en el buen sentido, entonces la llevaba de otra manera”. Pero la carrera del jugador es corta; frase trillada aunque cierta. Y él intuyó que la suya había concluido. Tenía 39 años.

¿Sintió que era el momento de retirarse?

No, yo estaba muy bien. Fijate que era una persona que hacía vida sana, trataba de cuidarme mucho; en veinte años tuve un solo desgarro y nunca lesiones graves. Mis únicos problemas fueron las torceduras de tobillo, algo normal, que me dejaron secuelas en el derecho, un poco de artrosis.

¿Por qué se retiró entonces?

Porque veía que había chicos que venían de abajo, con muy buenas condiciones. Y dije: “Ta, me llegó la hora”. Como quien dice, me retiré aplaudido y querido en Defensor. Estuve bien en irme a tiempo.

¿Es difícil tomar la decisión?

Hay gente a la que le ha pegado fuerte. Creo que uno tiene que prepararse. Yo lo fui haciendo unos años antes, empecé el curso de técnico, después comencé a trabajar, entonces me mantuve cerca y de alguna manera lo sobrellevé. Obviamente que me vienen ganas de entrar a la cancha. Mismo hoy, cuando voy al estadio a ver a Peñarol aparecen recuerdos y pienso “qué ganas de jugar”.

Dirigió en Montevideo, en San Pablo y en Arabia. Ahora hace años que no está al frente de un equipo. Le gustaría, se siente pleno para eso, pero la edad parece no acompañar las exigencias del fútbol actual. “La gente con experiencia no tendría que estar guardada en la casa sino tener la oportunidad de compartir sus conocimientos”. Quién dice, capaz algún día esté de regreso.

_Carla Rizzotto

La deuda

Es el único que le faltó: el título mundial con la selección. Jugó tres campeonatos del mundo, en el 66, 70 y 74, y en el primero estuvo cerca de llegar a la semifinal; sin embargo, dice que un juez inglés los robó. “Hubo una pelota que entró más de un metro en el arco y un penal que no cobró. Nos ganó Alemania porque nos echaron a dos jugadores”. Sí levantó la Copa América, en el 67, después de vencer a Argentina con gol de Rocha y con su suegro Nino Corazzo como técnico. Pero el des-tino no le tenía preparado ese premio máximo que anhela cualquier futbolista. No obstante, “ser campeón no tiene precio, no se compra ni con un dólar ni con cien millones”. Sea donde sea.

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