Volver, volver, volver

Por Pablo Hernández

Tras los once minutos de agregado, el silbatazo final nos devolvió a la realidad. Nos dispersamos sin rumbo porque muchas veces no sabemos qué hacer con la tristeza, menos cuando la expectativa era desbordarnos en júbilo. Dimos vueltas, suspiramos varias veces. Dijimos algunas frases cortas como buscando explicaciones, como no pudiendo creer todavía lo que había pasado.

Nos ganaron por no saber defender el pelotazo, el ataque directo, como le dicen ahora; ese mismo con el que Uruguay le ganó a Inglaterra en el 2014 con dos goles de Suárez. También porque nos faltó creatividad a la hora de buscar los caminos que nos condujeran al gol cuando ellos estaban debajo de su arco.

Seguimos caminando y encontramos las distintas formas con las que la gente lidiaba con lo acontecido. Muchos insistían en omitir la tristeza, tal vez porque no son tan aficionados, o porque en este país, más soleado que nublado, más colorido que gris, más desigual que justo, no hay tiempo para sentirse así. Sales a la calle y te venden tres alegrías por diez pesos, unas barritas de amaranto que pueden servir para la merienda o el desayuno. Muchos también siguen pensando que llorar está mal.

Después de algunos tragos y varias vueltas, las conclusiones comenzaban a tomar forma, fuerza:

Perdimos, ¡Pero qué partido jugamos! ¡Caímos con mucha dignidad y eso también es valioso! (Aunque a los ingleses que viajaban en el metro les cueste admitirlo). Está buenísimo respetar al rival, ¡No podemos tratarlos como si fueran nuestros ídolos después de que nos ganaron! ¡En cuatro años vamos a intentarlo con más fuerza y juntos otra vez!

Vivimos tiempos en los que cualquier decisión debe estar respaldada por un dato. La convocatoria de 26 jugadores, el once inicial, el nuevo fichaje para tu club. Esa ayuda que nos dan los datos es importante. Lo más importante sigue siendo saber trabajar en equipo, hacer grupo. Erik Lira, quien ganó cinco de cinco duelos disputados con Jude Bellingham, lo tiene bien claro. México hizo valer su localía en el estadio y en las calles, este mundial nos atravesó a todas, incluso algunas se volvieron creyentes.

Salimos del metro con la cabeza más fría, cansados por el deambular de todo el día. Derrotados, pero con la frente en alto. En el trayecto a casa, el taxista venía escuchando una salsa de esas que todo mundo baila en las fiestas. Pedimos que subiera el volumen para mandarla en un audio. Abro instagram y me sale un reel de Jude Bellingham pidiéndole la camiseta a Gilberto Mora después del partido. Llegamos a casa.

 Aunque en México las ilusiones sigan siendo más importantes que las realidades, esta vez aprendimos que solo importa bien, cuando el corazón sabe a quien darle suspiros.

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