Mauricio Ubal: la búsqueda de una poética futbolera.
Los lazos entre fútbol, poesía y música popular tienen ya una larga historia. A nivel local, esa historia cuenta con el aporte fundamental de Mauricio Ubal (Montevideo, 1959), que desde la época del grupo Rumbo ha legado una ingente cantidad de títulos, en los que conjugó el refinamiento poético y musical con la recuperación de un rico universo de experiencias personales.
Textos: Alexander Laluz / Fotos: Rodrigo López
“Prefiero quedarme con la imagen más poética y más lúdica del fútbol, que es la que me llevó, desde chico, a jugarlo”, dice Mauricio Ubal. “El universo pesado que está detrás, que es una compleja telaraña política, de negocios, no me interesa”.
Es una tarde de mediados de verano, y estamos en una de las mesas más alejadas de la puerta del bar que está en la esquina de Andes y Colonia. Ubal pilotea el calor y la humedad que raja el cemento, con su habitual sombrero negro, remera también negra, vaqueros. Una cerveza fría también ayuda.
Su relato sigue el pulso del juego de memorias. Y en esa trama, fragmentada y diversa a la vez, el fútbol y la música se cruzan, se contaminan mutuamente, para componer una voz personal dentro de un campo surtido de contrastes y oposiciones. Pero la opción es clara: “Lo que me interesa es lo poético y lo lúdico del fútbol”.
A través de los medios de información, dice, nos llega apenas una foto de un fenómeno muy complejo. Debajo de esa superficie visible hay una intrincada trama de intereses que arrasa con los afectos y pasiones que mueven la pelota, sea en la cancha, sea en la tribuna, sea en el campito del barrio.
Fijate, hay una frase hecha que sigue sonando por ahí: “esto es por plata”
–recuerda–. El fútbol, entonces, ¿no es por la camiseta, no es por la pasión…?
Pero esa es una parte de la historia…
A mí me cuesta creer que esto sea por plata. ¿Qué pasa cuando el jugador está ahí, en medio de la jugada, corriendo, buscando la definición, un pase? En ese instante, ¿te parece que sólo puede pesar lo económico? Es cierto, es un fenómeno muy poderoso, en el que se mueven cifras impresionantes, viajes, pases… pero estoy seguro de que hay algo más. Y esa otra cosa es la que a mí me interesa, porque es lo que convierte al fútbol en algo lúdico, disfrutable, apasionante.
A pesar de ese efecto, la frase, “esto es por plata”, es fantástica.
Sí, claro. Por más que prefiera estar al margen de ese mundo, algún día me gustaría hacer una canción con esa frase. Es que el fútbol es una fuente de imágenes increíbles.
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Con una vieja foto del plantel de Peñarol, que descubre al revisar uno de los números de Túnel, Ubal hilvana otros recuerdos: año 1964, su casa paterna en el barrio Bella Italia, y otra foto del equipo aurinegro que su hermano mayor había recortado de un diario para encuadrarla.
Era la típica foto que se tomaba antes del partido. Y sí… yo tenía cinco años… y seguramente mi hermano la había recortado de algún diario de ese año. El cuadrito quedó ahí hasta que, muchos años después, mis padres se separaron y vendieron la casa.
La semejanza entre las fotos no es una rareza. Al igual que en la canción popular, la relación entre cambio y permanencia en la práctica futbolística está pautada por las variables del contexto. En la actualidad, el juego de intereses económicos ha llevado hasta
el estrés el ritmo de cambio en los equipos. En la época que recuerda Ubal, la permanencia, medida en años, en la repetición de nombres y rostros en las fotos de los diarios, anclaba la fidelidad a un otro nudo de afectos.
Cuando yo era chico, la formación del equipo era la misma por mucho tiempo. Un jugador pasaba cuatro o cinco años en el club. Así, con el tiempo, uno llegaba a encariñarse con la formación. No era como ahora, cuando año a año, temporada a temporada, los equipos cambian casi el cincuenta por ciento de sus jugadores.
¿El fútbol era una pasión familiar?
Sí, claro, era un ambiente muy futbolero, compartido con mis dos hermanos mayores, mi padre, mi madre. Y todos de Peñarol.
Era, además, una época en que la radio ocupaba un lugar central en la vida familiar.
Claro, era una época de radio y de diarios. Mi viejo compraba el diario prácticamente todos los días. En ese tiempo eran baratos. El Día, por ejemplo, lo leíamos todos los fines de semana. ¿Te acordás? Era el que traía el suplemento marrón, con las historietas de Tarzán en la última página.
¿Qué relator seguían?
En casa seguíamos a Carlos Solé. A mi viejo le gustaba mucho, y nosotros nos acostumbramos a ese sonido, a esa forma de relatar el fútbol. A Heber Pinto, en cambio, lo escuchábamos como de pasada. La voz del fútbol de los domingos era la de don Carlos Solé.
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Además de la inmersión en el mundo futbolístico, el acceso a las publicaciones periódicas y la escucha regular de la radio le abrieron otro horizonte en la música, una expresión que a temprana edad se integró a su repertorio de intereses.
–Me acuerdo que una vez llegó a casa, pero de rebote, La Nueva Gente, que era una especie de suplemento a color que empezó con un par de páginas. Allí venía información de una música insólita para mí, porque no la pasaban en las emisoras de radio que escuchaba.
“A mí me cuesta creer
que esto sea por la plata.
¿Qué pasa cuando el
jugador está ahí, en medio
de la jugada, corriendo,
buscando la definición,
un pase? En ese instante,
¿te parece que sólo puede
pesar lo económico?”
¿Qué edad tenías en ese momento?
Tenía diez años… eso fue en el 69 o en el 70.
En esos años ya estaba afirmado el candombe beat y el rock en la escena musical.
Claro, ahí me enteré de la existencia del Tótem, del Kinto, de Psiglo. Y ahí empecé a buscarlos en la radio, porque en esa revista venían las grillas de programación. Así descubrí también lo que hacían Eduardo Nogareda, Elías Turubich, Carlos Martins, Elías Buchalter, y, por supuesto, Rubén Castillo con Discodromo Show. Ellos tenían programas musicales en radios como la 42, que en ese tiempo se llamaba Radio Vanguardia, la Sarandí, la Centenario.
¿Estudiabas algún instrumento en esos años?
Mis viejos me habían mandado a estudiar guitarra, pero era muy vago con el solfeo. Dejé de estudiar cuando tenía unos doce años, y me reenganché recién a la salida del liceo, pero ya con otro panorama; en esa época ya comenzaba a componer.
En una entrevista contaste que en la época liceal habías armado un dúo…
Cuando entré al liceo, en 1972, tenía un compinche con el que hicimos, tiempo después, un dúo y cantamos en las clases, en las reuniones.
También fue un tiempo de organizar bailes.
Por supuesto, con mis amigos, compañeros de clase, organizábamos bailes allá, en la calle Génova, en el Bella Italia. Era con los mismos compañeros que armábamos cuadritos de fútbol. Los bailes los hacíamos en un viejo almacén, que era como un gran depósito. Yo me encargaba de los discos y un amigo, que era muy ducho con la electrónica, armaba las luces.
¿Qué músicas pasabas?
Le dábamos al mango a ‘Vuela a mi galaxia’, de aquel tremendo disco de Psiglo. Después, los Creedence Clearwater Revival, los románticos de la época, como Los Ángeles Negros… también Los Beatles. Era el típico baile de gurí.
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En ese contexto familiar y barrial, Ubal recuerda que su iniciación en la práctica futbolística fue muy natural. Una experiencia en la que importaba, sobre todo, el juego y la formas de socialización.

¿En qué puesto comenzaste a jugar?
Comencé, de chico, como golero. No era muy hábil jugando adelante. Pero se fue dando: ahí, en el barrio, no había quien atajara, entonces arranqué yo jugando de golero.
¿Siempre jugaste de golero?
Bueno, después, en la época del liceo, desarrollé otras habilidades físicas. Podía correr mucho, entonces, al jugar en otros puestos, compensaba la falta de habilidad para el dribling con la velocidad en la carrera, con la marca. Así empecé a jugar de otra manera y no volví más al arco. En esa época, con los mismos gurises que organizábamos los bailes, comenzamos a armar cuadritos de fútbol y hasta campeonatos. Yo ya jugaba con los juveniles, y con mi amigo dirigíamos a los chiquitos.
¿Cómo se organizaban?
Como todo lo que hacíamos… todo era muy lúdico, pero muy organizado. A pesar de que era menor de edad, a mí me tocó ser secretario de actas, porque ya tenía otra soltura para escribir; pero las actas después las fi rmaba otro. Así armábamos campeonatos, juntábamos plata entre los vecinos para comprar las camisetas. Pero no había ambición de nada. Ahora veo todo ese tema del baby fútbol, las actitudes de los padres, y toda la cuestión que hay con la visión del fútbol como si fuera un trabajo. Nosotros ni ahí con eso; sólo queríamos jugar. También íbamos a jugar a otros lados, y los vecinos iban con nosotros. Esa movida era muy típica. Lo mismo ocurría cuando recibías a cuadros de otros barrios; con ellos venían sus padres, hermanos, novias, vecinos.
Los partidos se hacían en la cancha que describís en el poema ‘Campito’, el que publicaste en el libro La línea torcida del óbol (1985).
Ese campito estaba a unos tres terrenos de casa. Y hasta que me hice grande estuvo así, abandonado. A veces aparecía alguien que lo cercaba, pero al poco tiempo volvíamos a entrar. Era todo desparejo y en el fondo tenía una zona llena de arbustos.
Y ahí no sólo jugábamos al fútbol, también lo usábamos para jugar, por ejemplo, con arcos y flechas. En la calle prácticamente no jugábamos al fútbol. La calle era para jugar a la paleta. En el campito era otra cosa, podías hacer partidos, digamos, más armados. Para darle un aspecto de cancha, conseguimos los palos para armar los arcos, marcábamos las líneas, pero, como cuento en el poema, lo hacíamos respetando el árbol que había ahí… por eso lo de la línea torcida del óbol.
“en la calle prácticamente
no jugábamos al fútbol.
la calle era para jugar a la
paleta. en el campito era
otra cosa, podías hacer
partidos más armados.
Para darle un aspecto de
cancha, conseguimos los
palos para armar los arcos,
marcábamos las líneas, pero
lo hacíamos respetando el
árbol que había ahí”.
Con esas experiencias acumuladas, el trasiego de tópicos futbolísticos hacia la poesía y, después, a la canción fue muy fl uido: “Se me metió solo, no tuve que pensar ‘voy a empezar a hacer temas vinculados al fútbol porque puede ser interesante’”.
La comunicación entre esos dos mundos, recuerda, ya pulsaba en sus juveniles experiencias con la escritura automática, pero se consolidó en los primeros pasos que dio con el grupo Rumbo, hacia fines de los años setenta.
–Con Miguel López y Gonzalo Moreira nos entendíamos muy bien en esto, porque ellos son muy futboleros. Pero también fueron fundamentales los aportes de Laura Canoura, Gustavo Ripa, Carlos Vicentes. Fuimos, de alguna forma, pioneros en tomar elementos poéticos del fútbol. Había algunas experiencias tangueras en los años treinta y cuarenta, pero no mucho más; también estaban los himnos de los cuadros… pero eso era otra cosa.
El fútbol se convirtió en una fuente de imágenes, un motor para la búsqueda poética.
Así es, fue como un acervo de imágenes, muy rico en metáforas, para dar vida a un doble lenguaje poético, que burlara el terror y la censura. Había que buscar otras formas de decir.
El público entendía muy bien el juego de intenciones en las canciones futboleras, al igual que con las murgueras, como ‘A redoblar’, que se convirtió en himno popular.
Claro, la gente se enganchaba con canciones como ‘Orsái’, que tiene música de Gonzalo [Moreira], ‘Al fondo de la red’… “Por la forma de pararse/ en el medio de la cancha”… Sí, así pasó con ‘A redoblar’.
Tras la separación de Rumbo, a mediados de los ochenta, Ubal continuó su carrera como solista, incursionó en otros campos artísticos y en la producción discográfica, sin abandonar esa íntima relación con el fútbol. Su apuesta, subraya, sigue siendo a tamizar la experiencia personal a través de lo poético. Muestras de ello son todos sus discos, en los que ha abordado este campo tópico con un singular refinamiento; como muestra, dos botones: el proyecto conjunto con Contrafarsa, que dejó, a comienzos del nuevo siglo, un elogiado disco: 11 canciones en el área, y su último trabajo, Arena movediza, de 2013, en la que dedica una pequeña gema musical a Ladislao Mazurkiewicz, recuperando la fuerza del movimiento que devino estilo del legendario golero aurinegro, con un lenguaje poético musical tan despojado como potente.
Se trata de esto, nada más:
“Quedarme con la imagen más poética y más lúdica del fútbol”.





