Por Pablo Hernández
@flyingsamuraii
Jugar de local en un mundial es único. Cada país se beneficia de eso a su manera. En México comienza, o tal vez termina —dependiendo de cómo se mire el mapa—, América Latina. En la frontera con Estados Unidos se observa desigualdad a través del contraste de paisajes y mosaicos, ese mismo contraste se encuentra en los límites entre barrios de las ciudades latinoamericanas, en las placitas, en las esquinas, en la señora barriendo el pochoclo que cae en la plancha del Zócalo en el Fan Fest de la Ciudad de México, esbozando un “Uuuuuuuuuu! Con lo caras que están”. Lo importante está en los detalles.
En un acto de caridad desenfrenada, la FIFA decidió que, de los ciento cuatro partidos de este inédito mundial con cuarenta y ocho selecciones y tres países sede, en México se jueguen 13. Hasta el momento de escribir esto se han jugado ocho. Naturalmente, Estados Unidos se quedó con la mayor parte. En México, esa cantidad mínima de partidos ha sido suficiente para demostrar, con mucha astucia, que el fútbol es una experiencia colectiva imposible de ser restringida a unos cuantos. El balompié nos atraviesa de forma horizontal como pocas cosas. Cuando juega la selección todos llevan puesta la verde. Desde la persona que visita la Casa Luis Barragán hasta la que vende marcadores en el metro. Un conductor de ómnibus se hizo viral por instalar una tele y transmitir los partidos desde su pecero sin licencia oficial. El punto es que nadie se quede fuera. En Latinoamérica somos expertos en cruzar puentes, dar una mano, crear fisuras por donde entre la luz.
En el partido contra Chequia, México hizo historia de varias maneras: Por primera vez ganó sus tres partidos de fase de grupos. Memo Ochoa ingresó al minuto 77 para jugar su sexto mundial y ser ovacionado por todo el respetable en el Azteca. Con veintidós años, Mateo Chávez se convirtió en el jugador mexicano más joven en marcar gol en un mundial.
Tras el triunfo y bajo el diluvio, la ciudad era una fiesta. Los andenes desde la estación Pantitlán hasta Observatorio, se transformaron en tribunas del Estadio Azteca, en los vagones resonaba el himno nacional y el cielito lindo.
En su tercera Copa del Mundo al frente de la selección mexicana, el Vasco Aguirre nos devolvió la ilusión. ¿Acaso porque, como todo gran abuelo, sabe educar sin obligación y con cariño?
Más allá de la táctica y los planes específicos de partido; las mayores virtudes de esta selección son: la sinergia, las pequeñas sociedades, la diáspora que nos hace tener a un jugador nacido en Alaska y otro en Chicago, el vínculo entrañable de un español y un colombiano con este país por el cual decidieron jugar con México. Ese grupo de 26 jugadores representa nuestra tradición de refugiar al que llega, y hacerlo sentir como en casa. El equipo nacional nos está demostrando que las ilusiones, están más cerca de la realidad de lo que pensamos.





