LAS CLAVES DE CÓMO EL DEFENSOR DEL 76 LOGRÓ QUEBRAR LA HISTORIA
Hasta 1976, solo los llamados “grandes” de nuestro fútbol habían logrado la Copa Uruguaya desde la instauración del profesionalismo en 1932. Para romper el molde, hubo que preparar algo más que un equipo de fútbol inmerso en una realidad manejada por una lógica bipolar. Pero a todo le llega su hora.
**Nota publicada en la edición papel de Túnel, nº 41, julio/agosto 2021.

Por Pablo Aguirre
Aquel domingo 25 de julio de 1976 el frío intenso acompañaba la caída de la tarde cada vez más gris en Montevideo. Alta tensión en el ambiente a la espera de la finalización del partido que, para colmo, se jugó a pocos metros de la costa. Ganaban los locales por dos goles y quedaba poco, muy poco, para la finalización. No cabía un alfiler en el Parque Rodó (hoy Franzini), entre gorros, bufandas, algún paraguas y muchos abrazos a fin de que el tiempo corriera y se consumieran los minutos restantes. Faltaba poco, Rentistas descontó en el marcador y aumentó la presión. A Defensor solo le servía el triunfo, ya que Peñarol acechaba en el Centenario con una clara victoria; un error podría frustrar la posibilidad de que un equipo chico culminara la hazaña de ser el primero en lograr un campeonato uruguayo en el régimen profesional, instaurado en 1932. Cómo sería de dificultoso, que al equipo “menor” mejor ubicado en el torneo se le denominaba “campeón de los chicos”.
A falta de algunas ruedas del reloj, y con la emoción a flor de piel en medio del nerviosismo, el profesor José Ricardo de León –emblemático director técnico de aquel equipo– hizo la última jugada: se paró de su asiento y comenzó a caminar lentamente hacia la salida. Lento, muy lento, prácticamente sin mirar el partido. El tiempo se congeló. Todas las miradas se dirigieron hacia ese hombre que actuaba de manera poco común, con el partido en juego. El partido se distendió, los minutos pasaron y Defensor cambió la historia. ¡Defensor Campeón Uruguayo!
Una mesa completa
Hace 45 años, los violetas rompieron el molde en el profesionalismo marcando un mojón importante en el fútbol uruguayo, no solo por el logro en sí, sino también por cómo lo consiguieron: De León marcó una escuela de juego y de trabajo que tiene sus discípulos hasta el día de hoy. Como sucede con todo, las circunstancias para que se pueda dar un hecho de esta trascendencia requieren varias patas, como una mesa: un buen plantel de jugadores, un cuerpo técnico que pueda armar el equipo y manejarlo, dirigentes proactivos y el apoyo de la masa social compuesta por socios e hinchas. En un fútbol altamente politizado como el nuestro, las garantías también estuvieron desde la Asociación Uruguaya de Fútbol, con lo que se denominó el “Ejecutivo de Oro”, vigente desde 1974 y reelecto el 24 de febrero de 1975, compuesto por Héctor del Campo (presidente), Dante Iocco (vicepresidente), José Fernández Caiazzo (secretario), Matías Vázquez (tesorero) y José P. Laffitte (contador). Ellos modificaron el calendario local, en busca de mayor competitividad para todos los clubes, con una actividad más larga de marzo a diciembre: Campeonato Uruguayo, Liga Mayor y Liguilla.
Su trabajo se completó hasta mediados de nuestro año de referencia (1976), cuando la intervención del gobierno dictatorial que imperaba en el país dispuso, a través de un decreto, el “Reglamento sobre entidades y selecciones deportivas”, en virtud del cual se debía comunicar todos los nombres y apellidos de las delegaciones que viajaran fuera del país. Fue el único “Ejecutivo” que se retiró aplaudido, bajando las escaleras de la novel (y actual) sede de la Asociación Uruguaya de Fútbol, inaugurada por ellos mismos.
Esta intervención estatal se filtraba por diferentes vías, a la vez que el fútbol buscaba defenderse siempre con gente cercana a la actividad. Una situación parecida vivió Eduardo Arsuaga, vicepresidente de los violetas, cuando quiso ser candidato a presidir el club de sus amores: su nombre fue vetado. Sin embargo, Arsuaga –hombre vinculado a la izquierda, amigo de Zelmar Michelini– ocupaba ese segundo escalón en la jerarquía de Defensor, detrás del capitán de navío Julio César Franzini. En este sentido, la dirigencia tenía personas de todos los colores, incluso claramente identificadas e involucradas con las liberticidas acciones de los golpistas. No fue el caso de su principal titular, quien junto a su hermano Jorge Luis y a Arsuaga sufrió en diferentes aspectos un régimen al que no apoyaban en lo más mínimo.
Uno de los casos más sonados fue el de Julio Filippini, un promisorio juvenil que tuvo una actuación fundamental en la cuarta fecha. Relata Gerardo Caetano, juvenil futbolista llamado a integrar el plantel violeta: “Recuerdo aquel famoso episodio cuando un compañero, un amigo que jugaba con nosotros, Julio Filippini, en el cuarto partido del campeonato, cuando Defensor jugó con Nacional (nosotros le dijimos desde entonces ‘Gol y medio’ porque le habían hecho un penal y había hecho un gol en ese partido importantísimo que Defensor empató 2-2), él le dedica el gol a su hermano que estaba preso por la dictadura y a sus compañeros del penal de Libertad. Bueno, yo recuerdo al lunes siguiente a Jorge Franzini y a Julio Franzini acompañándolo a la Jefatura y, como una especie de protección, poniéndose por delante”.1
La formación de un equipo
El jueves 13 de noviembre de 1975 (nótese la fecha), un matutino de plaza tituló: “Franzini: ‘Defensor jugará a ganar campeonatos en 1976’”. La nota estaba escrita por Hugo A. Matteo para El País. Y no fue su principal competidor, El Día, donde los Franzini, socios de la empresa editora, poco más que prohibían que se criticara al equipo de Punta Carretas. Pero yendo al fondo del asunto, ese titular no era una simple expresión de deseos repetida año tras año por algún dirigente del binomio Nacional – Peñarol. Se trataba de Defensor, que once años atrás había jugado en la segunda división. La dirigencia venía trabajando para conseguir un equipo competitivo, mayor al que con el mismo cuerpo técnico había alcanzado el tercer puesto en 1972.
La nueva organización del fútbol uruguayo que mencionamos comenzó a traer vientos nuevos con la clasificación de Wanderers a la Copa Libertadores de 1975. En este año, Defensor remodeló su estadio con tribunas nuevas con el dinero obtenido por la transferencia de Miguel Puppo a Vélez Sarsfield, aunque el equipo decayó, por lo que para 1976 la prioridad sería el aspecto deportivo. En enero ya estaba designado el técnico y trabajaban con la comisión de fútbol para conformar el plantel, con la ayuda de Mario Patrón. Volvieron Baudilio Jáuregui, Francisco Salomón, Líber Arispe, y se contrató a Gregorio Pérez, Pedro Álvarez, José Gervasio Gómez y Omar Mondada. Pero faltaba algo para Ricardo de León, aspecto que habló con el presidente de la institución:
‒A este equipo, para ser campeón le falta una sola cosa: Luis Cubilla.
Sorprendido, Julio César Franzini pregunta:
‒¿Cubilla?
‒Como usted dice: “¿Qué es lo peor que puede pasar? Si anda mal no lo ponemos”.2
Con el pase en su poder, Luis Cubilla venía de Chile para cerrar su carrera como futbolista, tras ser campeón tanto en Peñarol como en Nacional, y con larga experiencia en tierras extranjeras y en la Selección uruguaya. Aportó su cuota de fútbol, marcó uno de los goles en el partido del título ante Rentistas. Siendo un jugador de mucha experiencia y de fuerte carácter, De León supo manejarlo incluso en el entretiempo ante Wanderers, sobre el final del torneo, cuando Cubilla se sacó la ropa dispuesto a ducharse y no jugar más. Ante esa situación, De León, rápido y resolutivo, le dejó en claro a sus jugadores que saldrían con uno menos a jugar el complemento, cuando comenzaron a salir a la cancha. En ese instante el técnico se apersonó a la ducha donde estaba Cubilla y le dijo: “Usted puede entrar en la historia como el primer jugador en ganar la Copa Uruguaya con tres clubes diferentes. Pero también pueden decir que por usted Defensor no salió campeón. No voy a hacer cambios y al final, cuando me pregunten el motivo, voy a contar la verdad”.

No escuchó la respuesta y se fue también al campo de juego con el resto de los jugadores. Próximo a la reanudación del juego, apareció Cubilla a las apuradas sumándose a sus compañeros. La imagen final de Luis fue en las duchas del festejo por el campeonato, cuando en medio del festejo le dijo al presidente: “¿Vio cómo cumplí?”.
Esa era la comunidad que se había formado durante la temporada en Defensor; una comunión de trabajo y esfuerzo con un liderazgo claro de Ricardo de León, que le dejaría una lista de futuros técnicos al fútbol uruguayo. “Nos dejó un legado como técnico, como persona, como docente… era hasta como un padre, por lo menos para mí. Yo lo tuve ya en el 71 y era otra clase de técnico, muy preparado, muy adelantado, y eso me impactó. Y en mi caso soy muy agradecido: soy más de escuchar que de hablar, y gracias a él tengo el apartamento donde vivo. Él decía que los jugadores tenían que guardar para los ladrillos, para el techo, para que en un futuro –cuando se terminara la carrera– si hubiese que trabajar, por lo menos tener algo”, cuenta Alfredo Cáceres, integrante del plantel.
De marzo a julio
El torneo comenzaba con un plato fuerte: versus Peñarol y en el Centenario, con la expectativa lógica de todo comienzo. No fue el debut soñado: derrota 3-0, con tres expulsados en jugadas claves: Gregorio Pérez, Pedro Graffigna y Rudy Rodríguez: “Las tempranas tarjetas rojas condicionaron el partido, pero no a De León, que al volver a los entrenamientos el martes les dijo a sus jugadores que seguía pensando en el título. Esa noche se utilizó la camiseta de alternativa, blanca con la franja violeta, que por cábala quedó el resto del campeonato en la utilería”.3
El siguiente partido marcó el comienzo de la recuperación, en medio de un calendario en el que los “grandes” pospusieron su encuentro clásico. Ante Wanderers en el Parque Viera, Defensor ganó 4-2. En un encuentro parejo, ingresó Cubilla en el complemento y el equipo anotó tres goles en menos de un cuarto de juego: Rodolfo Rodríguez, Pedro Álvarez marcaba su doblete y Rudy Rodríguez. Enseguida venía el partido ante el que era por entonces novel puntero: Cerro, dirigido nada menos que por José Sasía y en el estadio Tróccoli: nuevamente Pedro Álvarez y Rudy Rodríguez, los “compinches” de travesuras en la concentración violeta. La experiencia y la juventud.
“Pedro Álvarez, un verdadero crack, compinche mío en todas las bromas, me acompañaba en las picardías que hacíamos en las concentraciones. Un fenómeno. Rosa [su esposa] iba con mi señora a los partidos. El Profe aunaba a las familias, tenía una visión estratégica que la trasladó al grupo: formaba comisiones para discutir los premios, para hacer comidas, tenía a tres o cuatro jugadores designados para conseguir una cosa u otra, siempre en beneficio de todos. De León era completo”. Las palabras para este trabajo son del propio Rudy, que está ligado a los tuertos desde el área técnica en juveniles, donde es un especialista.
Pedro Álvarez ya no está entre nosotros, pero sí Rudy para recordarlo y atesorar a sus hijas como sobrinas. Ellas cariñosamente lo llaman “tío Rudy”, como nos cuenta su mamá, Rosa Batalla, quien también quedó unida a la familia violeta de por vida. Es oriunda de Treinta y Tres, al igual que Pedro y que Beethoven Javier. “Yo vivía en la sede, junto a Clavijo y Washington González, y Coquito [Beethoven Javier] vivía atrás del club Biguá. Y él iba con los hijos y nos sacaba a pasear, nunca nos dejó solos”, explica Rudy. Beethoven Javier, podríamos decir en honor a su nombre, era además el pianista del grupo y rey de la regularidad: junto a Fredy Clavijo, el arquero, jugó los 22 partidos del campeonato, seguidos por el inefable Pedro Graffigna, de sangre violeta: su padre fue delegado del club ante la AUF. Jugaba como mediocampista aguerrido, un día se presentó a la práctica de overol porque el Profe De León decía que tenían que funcionar como una fábrica. En plena dictadura sufrió la retención de su pasaporte varias veces por ser de izquierda: “Pedro Graffigna escuchaba en su cuarto de la concentración del estadio Franzini, por onda corta, Radio Moscú y Radio La Habana. ‘El que quería escuchar podía, era en mi cuarto. Así uno se enteraba de lo que pasaba acá’”, describe citando sus palabras Luis Prats en el libro Goles y votos.
En otro partido “pesado”, el 27 de marzo el equipo volvió al Centenario para jugar esta vez ante Nacional. El comienzo fue a toda orquesta, con el “gol y medio” del juvenil ya mencionado Julio César Filippini, quien no volvió a jugar en el torneo. El Tricolor se fue arriba y consiguió el empate en dos goles, siendo el resultado final. “Defensor hizo 42 fouls […] Un foul cada minuto y fracción. Más todos los offsides [sic] y las que se van afuera […] En ese partido quizás predominó el mayor armado de Defensor, aún con la forma tan especial que tiene el equipo violeta por ir a tratar de conseguir la pelota. Indudablemente, este equipo de De León, no puede ser simpático para el espectador”.4
Después de la victoria en el Franzini ante Huracán Buceo, Defensor quedó en lo más alto de la tabla. Debutó el juvenil Ricardo Tato Ortiz, que rápidamente se acomodó en el equipo y alternó con Gregorio Pérez, que estaba suspendido. Huracán y Danubio fueron animadores del torneo, por lo que resultaban rivales de fuste. Comenzaron ganando los del Buceo, pero Mondada y Rudy dieron vuelta un trámite que no fue sencillo: casi en la hora lo empatan con un penal. Como en este partido, sin sobrar nada, encadenó victorias ante Danubio y River, para enfrentar una prolongada sombra: Sud América.
Los campeones también saben de derrotas. El 24 de abril el equipo dirigido por Omar Borrás venció con gol de Agapito Rivero, sumado a que tuvo un penal a favor atajado por Fredy Clavijo. Entonces el equipo transitó un período tormentoso que llevó a nuevas pérdidas de puntos con dos empates ante Liverpool y Fénix. Ayudado por otros resultados, mantuvo posiciones de vanguardia, para cerrar la primera rueda con una victoria sufrida, agónica, ante Rentistas (1-0, gol de Pedro Álvarez de penal a los 79’), que lo mantuvo en la punta de la tabla junto a Peñarol, con 15 puntos. Pese a que el periodismo ya sellaba la suerte de los violetas ante el actual tricampeón, Peñarol (1973-74-75), los dados no estaban echados y un enfrentamiento crucial abriría la rueda de revanchas.

Puntos decisivos
Cuarenta mil personas. No es un clásico. Juegan Defensor y Peñarol nuevamente en el Estadio Centenario. “A los dos minutos, el Aurinegro había tenido que ceder tres corners, producto de la presión del equipo de De León. Sin embargo, después, el partido se volvió parejo, luchado, intenso y el gol demoró hasta el segundo tiempo. A los ocho minutos, Rudy Rodríguez culminó una gran jugada colectiva: Gómez por la derecha para Cubilla, en el borde del área; pase a Mondada, este de taco habilitó al puntero para su remate, que entró por el medio del arco”.5 El autor del gol, Rudy Rodríguez, menciona este partido como el punto preciso para saber que se podía aspirar a obtener el torneo: “Cuando le ganamos 2-1 a Peñarol en la segunda rueda, con goles de los Rodríguez, el Profenos dijo que era fundamental ganar este partido, sabiendo que si ganábamos nos íbamos a convencer de que podíamos definir el torneo”. El festejo mayor fue del propio De León que alzó sus brazos en señal de victoria.
La vuelta al Franzini marcaba enfrentar a Cerro ante diez mil personas, en un partido duro, sin goles, que tuvo un desenlace para el infarto. Faltando cinco minutos, penal para la visita. Cuenta Alberto Bica, jugador albiceleste: “Gregorio da Rosa pitó. El Lagarto Morales era imposible que lo errara porque le pegaba muy bien. Le tiraron una pelota de afuera, la colocó en el punto penal, pateó y… ¡a las nubes! Entonces se dio vuelta y nos dijo: ‘Estaba desinflada’. Con gran picardía, desde afuera de la cancha alguien seguramente vinculado a Defensor cambió la pelota y mandó a la cancha la desinflada. El Lagarto no se avivó”.6
El secreto estaba en los detalles, las charlas… los asados. “Los jueves había asado, y el Profedecía que si queríamos podíamos llevar a un amigo. Y él llevaba al Cotorra Míguez, a Julio Pérez, campeones del 50, y nosotros los escuchábamos a ellos. Un clima espectacular. Al vestuario llegábamos una hora antes… y se charlaba de la vida, de cada uno. Nadie estaba disgustado, enojado”, rememora Alfredo Vasco Cáceres. El “Profe grado 5”, como le gusta decir a Rudy, estaba en todos los detalles, como él mismo lo cuenta: “Un adelantado en el fútbol, para nosotros supo manejar un grupo de una manera excepcional, no importaba si eras titular, suplente o no estabas en el plantel… Todos sumaban desde el lugar que les tocara. Ni hablar de lo que es la parte táctica, estratégica, psicológica. Por ejemplo, en las concentraciones, teníamos conversaciones que él trataba de que fueran de fútbol. A veces hablábamos de carreras, boxeo o cualquier otra cosa, y él decía: ‘Bueno, bueno, vamos a hablar de fútbol’. Así trataba de dejarte alguna idea o concepto”.
Otro partido fundamental fue ante Huracán Buceo en el Parque Central, luego de la derrota frente a Nacional. Al igual que en la primera rueda, los playeros se ponen en ventaja, lo que obliga a De León a hacer dos cambios en el mismo momento. “De León sabía cambiar y no solo en lo táctico. No era de variar mucho, pero cuando lo hacía era muy eficaz. Contra Huracán Buceo sacó a José Gómez y Pedro Álvarez, pasé al medio, puso a Alberto [Santelli] que venía de una lesión y a Rodolfo Pichu Rodríguez, para dar vuelta el resultado. No entendíamos por qué había sacado a José, y el Profeexplicó que tenía la pelota, pero lo cortaban con faltas. Y con la velocidad que yo tenía iba a impedir que se cortara. Ejemplos como ese, millones. Aparte supo manejar lesiones, suspensiones. Faltando cuatro fechas me desgarré y no jugué más”, nos cuenta nuevamente Rudy.
El codo final del torneo avizoraba un final cabeza a cabeza con los aurinegros, que buscaban su cuarto torneo consecutivo. Defensor sorteaba rivales con gran trabajo y entrega, luchando con algunas voces del periodismo que tildaban de “antifútbol” su propuesta, que buscaba torcer la historia a pesar del deseo de muchos por mantener la comodidad de que el campeón uruguayo se resolviera solamente entre los dos equipos de mayor convocatoria. Pero hubo un relator que en determinado momento anticipó los hechos, a pesar de que le podían significar problemas para él: se trataba de Víctor Hugo Morales, el hombre que le puso voz a lo que sucedía en ese tramo final del torneo. “Una cosa fundamental fue cuando Víctor Hugo Morales tomó la decisión de seguir la campaña de Defensor. Con eso, teníamos una protección, porque no era lo que nosotros decíamos, sino también lo que decía la radio. Ya no era fácil cobrarnos cualquier cosa”, señala Rudy.
Fútbol o antifútbol
El reglamento y su historia es otro mojón importante, como los conceptos principales para “su sistema”: prácticas sin golero, prácticas donde le iba sacando jugadores al equipo titular, especialmente, para obligar al pressing, los automatismos en la clave futbolística y la convicción de que lo primero por estudiar es el reglamento. He descubierto cosas aprendiendo el reglamento. La primera: hay una sola pelota. No hay dos pelotas, hay una sola pelota… Maradona sin pelota no es nada; entonces yo no lo tengo que marcar a Maradona en zona cuando tiene la pelota; entonces tengo que marcar en zona al que viene con la pelota para que no le llegue la pelota a Maradona… La cancha hay que achicarla, la cancha se puede achicar aplicando la regla 11. Para ello el equipo se debe mover en bloque, y hay que jugar en las dos canchas: “la de arriba y la de abajo”. Conceptos como el pressing (ir sobre la pelota) y el dispersing (qué hacer cuando el equipo tiene la pelota), para achicar o agrandar el campo de juego según si se tiene o no a la reina: la pelota. El pressing es presionar con la marca, no dejar jugar, pero sobre todo no dejar pensar al contrincante.
Del libro Mi revolución, ¿antifútbol o fútbol completo?
La hora de la verdad
El Vasco Cáceres, el polifuncional de aquel equipo, cuenta algunos conceptos que hoy no vendrían mal en muchos equipos de nuestro fútbol. “El año que vino De León había un día que se entrenaba doble turno. De mañana resistencia, y de tarde definición o fundamentos, por ejemplo, remates al arco. El Profe nos mandaba hacer a cada uno una pelota de trapo, de papel, y después tratar de dominarla, como también otras cosas que mejoraran los fundamentos del jugador. La técnica del cabezazo. Hacía los entrenamientos sin golero, o jugar contra la tercera y decir que podían patear desde la mitad de la cancha, sin arquero propio. Todo era para mejorar el pressing. También corríamos por el Club de Golf, que tenía un césped hermoso”. El mismo Vasco, surgido en la cantera del club, tuvo ante Fénix un momento de gloria: ingresó al comenzar la segunda etapa y en la primera pelota clavó un bombazo en un partido harto difícil jugado en Capurro, a media semana, ante un equipo que esa tarde perdería la categoría. Había que cuidar los más mínimos detalles, como recuerda su presidente: “No recordamos por qué extraña razón ese domingo no había servicio policial. Rotundamente nos negamos a jugar en condiciones tan anormales, afrontando la responsabilidad hasta las últimas consecuencias. La fecha se jugó ese domingo, pero nuestro encuentro se postergó 48 horas, para el martes. Antes del pitazo inicial recorrimos sin apuros, en compañía de un miembro neutral del Consejo Ejecutivo de la AUF (Matías Vázquez) los cuatro costados de una cancha repleta a pesar de ser día laborable, a fin de comprobar la normalidad de las instalaciones y la seguridad del escenario, ante la mirada expectante y la actitud digamos ‘casi’ silenciosa de un público ansioso”.7 Se cumplía el pedido de De León, asegurar “el afuera”, porque “adentro del campo” se ganaba. Solo faltaba un paso más.

El frío domingo del 25 de julio de 1976 quedó marcado para siempre para los violetas, que vieron las inmediaciones del remozado estadio desbordar de gente y de curiosos desde temprano: nadie se lo quería perder. Esta vez la mayoría de las radios ponían los ojos en el equipo que, de ganar, rompería 44 años de tradición dual. A la misma hora, el Estadio Centenario tenía a Peñarol contra Sud América con escasa asistencia para lo que es un equipo grande. No había euforia en el coloso. La fiesta estaba en otro lado. Rosa, la esposa de Pedro Álvarez, venía con su hija mayor desde Camino Maldonado, donde vivían entonces, con los inconvenientes que sufría –y sufre– el transporte público un domingo. “Hacía un frío bárbaro, llegamos y no pudimos entrar. Intentamos de todas formas, tratamos de ubicar a Pedro, pero no entraba nadie más, no cabía un alfiler. Tuve que esperar afuera –con los nervios lógicos– las dos horas de partido. No estaba sencillo el ambiente tampoco, ya que merodeaban los uniformados a caballo por todos lados, años difíciles”, cuenta vívidamente Rosa, quien se manifiesta “defensorista” junto con sus dos hijas. Como el tío Rudy. Como el Vasco Cáceres, como la mayoría de esa generación que quedó signada por el color violeta y la personalidad del profesor José Ricardo de León.
Fredy Clavijo; Baudilio Jáuregui y Ricardo Conde; Líber Arispe, Ricardo Ortiz y Beethoven Javier; Luis Cubilla, Pedro Graffigna, Alberto Santelli, José G. Gómez y Rodolfo Pichu Rodríguez fueron los once jugadores que ingresaron ante Rentistas para el decisivo partido, pero estaban Pedro Álvarez, Jacinto Callero, Francisco Salomón, Alfredo Cáceres, Ricardo Meroni, Gregorio Pérez, Omar Mondada, Julio Filippini, Rudy Rodríguez, Washington González, Juan Carlos Leiva, el Profe Santos, el kinesiólogo Mario Ganeglus y muchos otros que apoyaron la causa. Los goles de Santelli y Cubilla en el primer tiempo dejaron desencadenar la fiesta, hasta el gol de Siviero faltando nada. Defensor Campeón Uruguayo, Defensor rompe la historia, Defensor abre el espectro del fútbol profesional, que en pocos años notará que otros seguirán el mismo camino. Conscientes del momento, los jugadores marcan otro momento para la historia comentado hasta el día de hoy con toda clase de suposiciones: dan la vuelta olímpica, pero en el sentido inverso al habitual. Muchos lo interpretaron como un símbolo por el revés logrado en el torneo, otros como una alusión a la situación del país.
“En 1976 surgió el nuevo tiempo del fútbol profesional, cuando en plena dictadura Defensor sale Campeón Uruguayo después de que en 44 años se habían repartido los títulos entre Nacional y Peñarol. Digo en plena dictadura, aunque ahí solo se hablaba de fútbol, porque hasta la palabra ‘colectivo’ daba a pensar que se era subversivo. La manifestación más grande que se ha visto de un equipo adornó la gloriosa victoria de los Violetas. Las reuniones semanales con varios de los excampeones del mundo ayudaron moralmente a cimentar aquella hazaña. La fiesta que continuó hasta la madrugada fue imborrable para todos los aficionados del deporte que relacionaron el fútbol con la rebeldía ante los grandes omnipotentes por la fuerza”.7 Palabras de José Ricardo de León, interpretando ese momento en que Defensor torció la historia.
- 1. Joselo González, Rompiendo la historia, pág. 23.
- 2. Julio César Franzini, Los Violetas, Montevideo, p. 261.
- 3. Luis Prats, Un siglo de Pasión Violeta, p. 114.
- 4. Atilio Garrido y Joselo González, Mi revolución, sobre Ricardo de León, p. 304.
- 5. Luis Prats, Un siglo de Pasión Violeta, p. 116.
- 6. Atilio Garrido y Joselo González, Mi Revolución, sobre Ricardo de León, p. 313.
- 7. Atilio Garrido y Joselo González, Mi Revolución, sobre Ricardo de León, p. 114.






